Una generosa enseñanza

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Muchos de los voluntarios del Museo Geominero nos son infieles, pero no se lo tenemos en cuenta porque lo son con otras entidades a las que también dedican su tiempo libre. Son gente entregada a los demás, no pueden remediarlo y nosotros no podemos evitar reconocer la importancia que su trabajo tiene para dar a conocer los fondos del Museo. Proceden de todos los sectores, desde empleados de empresa privada a catedráticos… y luego está Sol, que es geóloga, pero ya hablaremos con ella de eso… Hemos asistido casi de oyentes a sus conversaciones en las que comparten con nosotros qué les hizo convertirse en Voluntarios Culturales del Museo Geominero…

Juan: He estado en el Teléfono de la Esperanza, dando clases a un grupo de la tercera edad, también y ahora estoy aquí. Lo que pasas es que cuando te jubilas, cuando te prejubilas en mi caso, se te cae la casa encima y tienes que llenar la vida de algo y si además lo llenas de algo que además te llena a ti, porque puedes aportar algo a los demás, te sientes útil. Ser voluntario te obliga a estudiar, a formarte un poco, porque, aunque todos hemos estudiado Geología, incluso fósiles, pero el hecho de tener un motivo para leer, para estudiar te anima a seguir en la brecha, eso y el ver a mis compañeros que saben muchísimo más que yo, porque todos ellos llevan ya años.

Rafael: Veinte (dice, mientras asegura que las visitas no les ponen en un brete, sobre todo a los más veteranos). La pregunta más recurrente que hay en los  años que llevo yo es ¿esto cuánto costaría?, sobre todo, cuando ven la turquesa de la colección. Y yo me lo paso pipa viendo las caras.

Juan: Sobre todo con los pequeños de Primaria que se te ponen ahí, a tu lado y ves esos ojazos con ganas de aprender y que te preguntan ¿este meteorito de cuándo es?

Rafa: Incluso los grupos de mayores te inflan a preguntas y se les ve con un interés tremendo.

Juan: Yo te diría que la frase que lo resume todo es una de Rafa, y es que aquí no consiste en transmitir tu conocimiento mayor o menor, sino transmitir entusiasmo y creo que tiene razón.

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Rafa: No, no es mía, disculpa Juan, ésa es la definición de docente de don Gregorio Marañón. El docente, dice él, no es el que más sabe ni el que mejor explica, el buen docente es el que contagia a sus estudiantes. Si consigues entusiasmar a la gente se sienten invadidos de esas ganas de saber. Siempre toda la gente que viene aquí aprende algo y si además de aprender, lo hace con ilusión y ganas, mejor.

Si consigues entusiasmar a la gente se sienten invadidos de esas ganas de saber. Siempre toda la gente que viene aquí aprende algo y si además de aprender, lo hace con ilusión y ganas, mejor

(Ya en tono de broma les preguntamos, ¿Y sois mejores que esos dvd con mascotas para contar lo que hay en el Museo?)

Rafa: ¡Hombre!

Juan: Cuando estamos allí, en esa esquina y ven el ámbar con el mosquito dentro, enseguida te hablan de esa película, Parque Jurásico y te preguntan con esa inocencia ¿y eso es verdad? ¿se puede hacer ahora un dinosaurio?

Todos coinciden en que “es uno de los museos más ricos en ese sentido, porque ofrece mucha variedad”, como nos cuenta Juan, a lo que otro apostilla “yo creo que tenemos un museo singular y además el edificio es una cosa increíble. Yo le llamo a esto la sala del ¡oh! Porque cuando entras yo creo que es de las salas más bellas que existen en Madrid y en España”. Y Juan, cierra la conversación con un titular para este reportaje que ellos creen sobre el Museo, cuando en realidad, es sobre su excepcional labor de divulgación en él: “Esta sala es ‘El libro de la vida de la Tierra’, donde cada una de estas vitrinas es una hoja”.

Esta sala es ‘El libro de la vida de la Tierra’, donde cada una de estas vitrinas es una hoja

La segunda vida de Sol

Les dejamos mientras Rafa asiente con la cabeza y un “claro, claro” para encaminarnos hacia Sol, otra de las voluntarias del Geominero con una peculiaridad, ser una de las primeras geólogas que se titularon en nuestro país. Viéndola, parecería una mezcla entre un personaje de un sainete castizo por su desparpajo hablando y una señora de calesa y lacayo de librea por su porte y la exquisitez con que elige cada uno de los complementos que la adornan en sus visitas al Museo, todos ellos diseñados por ella misma, siempre a partir de fósiles o minerales. En su día, Sol hizo la tesina en este mismo museo “y por eso volví aquí. Me lo encontré muy cambiado, mejorado, porque cuando yo la hice el último piso era un almacén lleno de cajas y cajas y cajas y estuve limpiando minerales, limpiando fósiles, limpiando todo. Ahora está todo perfecto. Entonces era diferente y este mastodonte –en alusión a la descomunal pieza con que se topan las visitas justo a la entrada- no estaba, no existía”.

La gente no sabe que tenemos algunos de los mejores yacimientos y minas del mundo en nuestro país. Hay cosas irrepetibles, cosas únicas que no las hay en el mundo y vienen de fuera a verlas y, sin embargo, aquí no se conocen

Isabel Rábano, directora de Infraestructuras del IGME nos comenta que Sol es toda una rareza, porque no hay muchas mujeres geólogas hasta recientemente. “Es verdad –dice Sol- yo soy de la promoción 13, de las primeras. Comencé en los 60, seríamos como 20 mujeres, entre ellas dos monjas”. Antes de que acabemos la pregunta, Sol ya nos contesta que a ella el interés por la geología le surge en una conferencia de Bermudo Meléndez, “un paleontólogo maravilloso que me enganchó. Si no llego a ir a esa conferencia no sé lo que hubiera sido de mí”. Su tesina trataba sobre paleobotánica del Carbonífero de León, así que para nuestra voluntaria poder estar en el Museo Geominero es todo un regalo: “Desde que vine no he descubierto ninguna pieza nueva interesante, pero porque yo ya sabía lo que había y he estado varios años antes y la colección ha variado muy poco, lógicamente, porque es que hay mucho guardado, por ejemplo, de minerales, porque no hay sitio en sala. La gente no sabe que tenemos algunos de los mejores yacimientos y minas del mundo en nuestro país. Hay cosas irrepetibles, cosas únicas que no las hay en el mundo y vienen de fuera a verlas y, sin embargo, aquí no se conocen”. Sol define el Museo Geominero como un teatro, por las exclamaciones que emiten los visitantes y que ellos acallan dándoles la bienvenida a una visita en la que “no se les puede enseñar todo, porque, además, no les puedes explicar en una mañana lo que es el Cámbrico”.

Acompañando a los visitantes por las vitrinas del Museo les están haciendo partícipes con sus explicaciones de un inolvidable viaje en el tiempo, nos dice Ana Rodrigo, directora del Museo Geominero

La de Sol es en realidad la historia de una segunda vida: “Para mí esto es un chute, yo me quedaba aquí a dormir. Nunca he trabajado en esto, porque mi marido era médico y le ayudaba en la consulta y por eso, hasta que no me quedé viuda no vine aquí. Quise ejercer, hice el doctorado después de tener mi segunda hija, dos años más y luego ya lo dejé”. Por eso dice que cuando llega a casa empieza a hacer resúmenes continuamente “para que no se me olvide. A mis hijas no les gustan los minerales, aunque mi casa es un museo y los minerales están por el suelo y (cuando yo no esté) los tirarán. Los que merezcan la pena los cederé a la colección del Museo, claro”.

Y nos queda conocer la visión de la jefa de todos los voluntarios, la directora del Museo Geominero, Ana Rodrigo que institucionalmente “valora de forma muy positiva su labor”, pero en cuanto se deja llevar, reconoce que la presencia de los voluntarios culturales es mucho más que un apoyo en las labores de divulgación. “Ellos son la cara visible del Museo porque los técnicos, los conservadores y los investigadores están trabajando en sus despachos y, normalmente, no atienden al público que nos visita. Así que, después del ¡oh! que acompaña la primera toma de contacto con la sala, los visitantes se encuentran con nuestros guías, unas personas que con ilusión y entusiasmo se entregan a la noble tarea de hacer que nuestras piedras hablen un lenguaje inteligible para todos. Algo que no es ni mucho menos sencillo y que como habrán dicho les exige un esfuerzo extra, pero que hacen encantados, porque les gusta mejorar cada día. En realidad, acompañando a los visitantes por las vitrinas del Museo les están haciendo partícipes con sus explicaciones de un inolvidable viaje en el tiempo que nosotros los especialistas entendemos les cautive, porque todos nosotros seguimos mirando con ese mismo asombro y curiosidad a cada pieza”.

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Ramón Jiménez del Museo Geominero explica a dos voluntarias algunos de los recursos minerales de la sala.

Puedes conocer más detalles sobre el Programa de Voluntarios Culturales en la publicación La transmisión de la experiencia: el programa “voluntarios culturales mayores” en el Museo Geominero

Y si te interesa saber más, entra en nuestro tablero de Pinterest sobre el Museo Geominero

Alicia González (alicia.gonzalez@igme.es)
Área de Relaciones Externas y Comunicación
Instituto Geológico y Minero de España

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