El juego de movimientos de la piedra

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/c8/Monumento_fronte_%C3%B3_Santuario_da_Virxe_da_Barca%2C_Mux%C3%ADa.jpg
Monumento en frente del Santuario da Virxe da Barca.                                           Autor: Mario Sánchez Prada

La suya puede que fuera la Menina más difícil, la Menina deconstruida que quienes han paseado por Madrid durante estos meses han podido ver en el Paseo de Recoletos. Una figura inestable, que nos habla de la supuesta fragilidad de la mujer tras el guardainfante, pero a la vez de ese recolocarse de la mujer en estos últimos siglos para recomponer la estabilidad, el equilibrio y hacerse una con la materia. Propuestas dirigidas a recolocar lo que tal vez ya está en su sitio, que interpelan al visitante a reflexionar sobre la identidad y la apariencia.

Bañuelos Fournier, Alberto, nos sugiere todo eso y más a partir de sus obras que desde que se sumergió en lo que ha llamado Deconstrucción, juegan con el espectador a indagar en el movimiento de un elemento aparentemente estático como la piedra. El escultor burgalés despedaza para nosotros cada piedra en un ejercicio litúrgico que transforma su instancia temporal, sin separarse de su esencia, en un ejercicio que nos conduce a ver con otros ojos esas rocas. Su discurso artístico reelabora el significado del objeto matérico convirtiéndolo en vehículo de expresión de emociones e ideas, a partir de una técnica impecable en la que apenas apreciamos la mano del creador, como si ese trozo de naturaleza hubiera sido siempre así. Encontramos de ese modo cantos rodados que adquieren una textura casi diríamos blanda, al ofrecernos en su fragmentación un aspecto semejante al que tuvieran rebanadas de un pan pétreo; piezas con hendiduras que provocan una sensación de urgente puzle necesitado de reconstrucción, imposible para quien las observa; elementos perfectamente pulimentados y otros desbastados toscamente como si hubiéramos partido una hogaza y pudiéramos apreciar las migajas en la superficie… Creaciones ante las que el público se para a contemplar con la reverencia propia del ritual y que invocan esa sacralidad del arte en series como “silentes”, en las que apenas unos arañazos, unas oquedades geométricas, dijéramos cercanas al grafismo demótico, invitan a la observación callada o a entender el mutismo extasiado que propician las rocas, en una espiritualidad que quizá sólo un geólogo entiende.

El escultor burgalés despedaza para nosotros cada piedra en un ejercicio litúrgico que transforma su instancia temporal

Sin título

En ésta su liturgia el escultor que lleva más de tres décadas dedicado al oficio del tallado de la piedra, con más de 50 exposiciones individuales y 100 colectivas dentro y fuera de nuestras fronteras, escribe con un lenguaje elemental, desnudo de artificios, despojando a las piezas incluso de las cartelas que explican las obras como sucede en la muestra “La liturgia de las piedras” del Museo Fernando García Ponce-Macay, integrada por 68 esculturas en piedra (alabastro, canto rodado, granito de Zimbabwe, mármol de la extinta Yugoslavia, piedra de Calatorao), además de ocho esculturas en papel de su serie Guerreros Caídos. La exposición se completa con un taller de escultura, “La forma de las piedras”, inspirado en su obra que estará abierto hasta el 5 de agosto. Aunque quizá ya haya tenido ocasión de disfrutar su obra, recientemente exhibida en el Museo de la Evolución Humana, bajo el título, “Lo que permanece. Alberto Bañuelos”, donde ha explorado el concepto de permanencia tan derridiano a través de los elementos conectivos de las representaciones artísticas de las distintas civilizaciones. Y si antaño era la monumentalidad, uno de los patrones por los que se regía el artista escultórico clásico, podemos tachar de ello a Bañuelos Fournier que con su “A Ferida” entró a formar parte del catálogo de autores de obras con formato colosalista. Desde sus más de 400 toneladas y 11 de metros de alto, esta herida de piedra es la escultura más grande de España, tan descomunal como la dejada en Muxía, localidad gallega donde está instalada, por el derrame del Prestige. Monumento así que se configura en testimonio de agradecimiento para los voluntarios que limpiaron de chapapote las playas gallegas y aviso para navegantes, para que una desgracia de tamañas proporciones no vuelva a repetirse. Las propias acciones requeridas para erigir los 200 toneladas de cada bloque fueron el mejor recordatorio del esfuerzo titánico que supone volver a dejar todo como estaba antes de la catástrofe ecológica que significó el hundimiento del buque petrolero frente a la Costa da Morte.

Más información:

Alicia González (alicia.gonzalez@igme.es)

Responsable de la Unidad de Cultura Científica
Instituto Geológico y Minero de España

 

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